La neblina densa y blanquecina de la mañana se extendía como un manto sobre las copas de los árboles de Central Park, borrando los límites de los rascacielos y creando un paisaje suspendido en el tiempo. Me desperté lentamente entre las sábanas, estirando los brazos con una pereza agradable que hacía meses no experimentaba. Antes de abrir los ojos por completo, el aroma del café recién hecho llegó hasta mí, acompañado por el olor cálido del pan tostado y la mantequilla derretida. Al girar la cabeza sobre la almohada, descubrí que el lugar de Sebastian estaba vacío, aunque el colchón todavía conservaba el calor de su cuerpo.Sonreí para mis adentros, sintiendo una ligereza nueva en el pecho. Me deslicé fuera de la cama y caminé descalza hacia el vestidor, pero, en lugar de buscar mi propia ropa, tomé una de las camisas de lino oscuro de Sebastian que descansaba sobre la banqueta. Me la puse despacio, dejando que el tejido me cubriera holgadamente hasta la mitad de los muslos, y salí de
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