Sebastian apareció al final del pasillo con paso firme, avanzando hacia nosotros con la seguridad que siempre lo acompañaba. Bastó verlo para que el peso que me oprimía el pecho disminuyera apenas un poco. En cuanto sus ojos se posaron sobre mi rostro y después sobre la figura del abuelo Maximilian frente a mí, su expresión se endureció de inmediato al comprender que algo no estaba bien.
Sin decir una sola palabra, acortó la distancia que nos separaba y se colocó entre los dos con un movimiento