El motor del auto se apagó finalmente en el estacionamiento subterráneo del edificio de la Quinta Avenida. Subimos por el ascensor en un silencio cargado de intimidad, con la mano de Sebastian envolviendo la mía mientras permanecía a mi lado. Al cruzar el umbral del ático, el ruido constante de la ciudad quedó atrás, sustituido por el sonido suave de la lluvia que comenzaba a caer sobre Central Park, golpeando los enormes ventanales que miraban hacia el horizonte oscuro. La penumbra del salón m