Permanecimos abrazados durante unos segundos más, sin que ninguno de los dos pareciera dispuesto a romper aquel momento. El latido acelerado de su corazón contra mi pecho seguía siendo la prueba silenciosa de todo aquello que Sebastian había intentado contener frente al consejo. Mis manos permanecieron aferradas a su espalda antes de deslizarse lentamente hasta su rostro, obligándolo a encontrarse con mis ojos. Sus facciones, habitualmente marcadas por un control implacable, comenzaron a perder aquella rigidez cuando su mirada gris se oscureció con una intensidad que me hizo contener el aliento. La furia de la confrontación, la necesidad de protegerme y todo aquello que habíamos reprimido durante demasiado tiempo terminaron mezclándose en algo mucho más peligroso dentro de aquel despacho.—Esta vez no quiero que seas tú quien cargue con todo, Sebastian —susurré, manteniendo mis manos sobre su rostro mientras buscaba que entendiera lo que intentaba decirle—. Has intentado protegerme, d
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