El silencio volvió a caer sobre el almacén, pero ya no era el silencio tenso y cargado de violencia de hace unos minutos. Ahora era un silencio muerto, pesado, interrumpido únicamente por el sonido rítmico y lejano de las olas golpeando los pilares de cemento del muelle y por el llanto ahogado de Cassy, que poco a poco comenzó a ir perdiendo fuerza. Pasaron varios minutos, que a Cassy se le antojaron siglos. Poco a poco, el ataque de histeria que la había dejado sin aliento y sin fuerzas comenzó a remitir, dejándola agotada, vacía y temblando como una hoja en medio de una tormenta. Se apartó ligeramente del pecho de Draven, aunque seguía arrodillada en el suelo sucio y manchado de sangre, con las manos reposando sobre sus rodillas. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, recorrían el rostro pálido e inerte del hombre que, hacía apenas unos minutos, la había destrozado con palabras y golpes, y al que ahora ella había dejado tendido a sus pies, al borde de la eternidad. Está vivo, se repet
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