El trayecto en el Mustang negro se sintió como un descenso a los círculos del infierno. El motor rugía con una cadencia monótona y violenta, mientras el paisaje urbano de la ciudad —aquel que Cassy consideraba seguro y familiar— se desvanecía en favor de callejones industriales, muelles abandonados y edificios cuyas ventanas parecían ojos vacíos observándolos pasar. Dentro del habitáculo, el aire era tan espeso que Cassy sentía que podía cortarlo con los dedos. El silencio de Draven no era una ausencia de sonido; era una presencia física, una presión que le apretaba los pulmones. Cassy apretaba sus manos sobre sus rodillas, sintiendo el sudor frío empapar las palmas. Su mente trabajaba a mil por hora, intentando encontrar una grieta en la armadura de aquel hombre que la llevaba cautiva hacia lo desconocido. No podía soportar más aquella incertidumbre. Tenía que romper el silencio, aunque fuera para escuchar el sonido de su propia voz y recordarse que aún existía. —¿Por qué haces est
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