El viaje pareció interminable, aunque en realidad apenas duró unos veinte minutos. Cassy permanecía inmóvil, acurrucada en el suelo de la furgoneta, con los ojos fuertemente vendados por una tela gruesa y áspera que le impedía ver nada de lo que ocurría a su alrededor. Sus manos estaban atadas a la espalda con una cuerda resistente que le cortaba la piel y le dificultaba la circulación, provocándole un dolor sordo y constante que se mezclaba con el miedo que le atenazaba el pecho.
Solo podía g