El reloj digital de la mesilla marcaba las tres y media de la madrugada cuando Olivia finalmente se puso de pie, estirando su cuerpo entumecido tras horas de vigilia silenciosa. El silencio en la habitación era absoluto, solo roto por el zumbido lejano de un refrigerador en la cocina y el sonido rítmico, profundo y lento, de la respiración de Draven.
Cassy, sentada en el borde de su silla de estudio, con los codos apoyados en las rodillas y la cara enterrada entre las manos, levantó la cabeza