La noche transcurrió con una lentitud desesperante, como si las horas se hubieran estirado hasta convertirse en siglos interminables. Cassy no pegó ojo ni un solo instante. Se mantuvo sentada en el borde de la cama, con la espalda rígida y la mirada fija en cada movimiento, cada respiración y cada cambio de expresión que se dibujaba en el rostro de Draven.
Aunque él había dejado de mostrarse agresivo y había aceptado, por el momento, la historia que ella le había contado, la desconfianza y el