El ruido de cascos se escuchó a lo lejos y tres jinetes experimentados rompieron el viento en una carrera casi infantil, cuyo único fin era divertirse como un trío de párvulos. Los gritos de arreo se confundían con las risas divertidas de los hombres, el resoplar de los caballos y los ladridos de Busher, un hermoso dogo alemán que había sido el regalo de una gran mujer. La sensación de libertad que experimentaban era tan sublime que extasiaba sus pechos y alimentaba sus almas engreídas en una competición donde el más experimentado ganaría.Mason, por ser el mayor, era mucho más rápido; sin embargo, el Conde de Lancaster se acercaba peligrosamente por la retaguardia y Lord Charles se moría de risa, quedándose atrás. De pronto, un cuarto jinete ligero, grácil y raudo pasó delante de ellos veloz como el mismo viento, dejándolos asombrados por completo. Lady Melina rió, burlándose, ya que al estar ellos tan obsesionados, el descuido les había costado la victoria.— ¡Eh, detente ahí, tramp
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