Clarisse se sentó a la mesa del comedor para recibir el desayuno de manos de una de las criadas, sintiendo la incomodidad en el aire. Sus padres no la habían mirado en ningún momento y, al recitar ella el saludo de buenos días, respondieron tan bajo que ni siquiera entendió. Por otra parte, sus hermanas mantenían la cabeza gacha, a lo que la mayor de los Morrison puso los ojos en blanco, ya que le parecía una tontería que sus padres les prohibieran hablarle.
Suspiró, resignada a ingerir el desa