A la mañana siguiente, una misiva llegó a la puerta de la Mansión Morrison, la cual era una invitación para un almuerzo en la casa de campo “Las caballerizas”, propiedad del ducado de Cambridge.La noche anterior había encontrado a su padre en la biblioteca, ese lugar que era de ambos para pasar un tiempo juntos y a solas, pero en ese instante la tristeza y el dolor se aguzaron en su interior, enfrascándose en una riña con el hombre que le dio la vida y que, según ella pensaba ahora, se la estaba quitando a causa de su error.La discusión se alargó, resultando en insultos e insolencia de parte de Clarisse, quien, ofendida a causa de las palabras de su padre, le gritó que ya no lo era más. El hombre levantó la mano para azotar su rostro mientras ella esperaba el golpe, erguida y orgullosa; sin embargo, Balthazar se retractó y, evitando un mal mayor, la dejó sola en la biblioteca. La joven quedó sumida en un llanto ronco, doloroso y asfixiante.— Buen día, madre —saludó Clarisse con una
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