La mañana llegó asfixiante e irreversiblemente indeseable con el papel que Clarisse tenía arrugado entre las manos. Lady Clara desenredaba con dedos temblorosos el sedoso cabello de su hija mayor, en un acto que, más que un acicalamiento, buscaba sosegar un poco su sufrimiento. Las lágrimas de la joven manchaban su delicada piel y los sollozos hacían que su padre caminara de un lado al otro por la estancia, totalmente destruido por el sonido de la angustia de su primogénita.
— Balthazar, deberí