Mason lanzó el dardo hacia la diana intentando puntuar en el centro y falló; la botella de whisky, a la cual le faltaban escasas dos onzas para terminarse, era la que tenía la culpa, según pensaba.
— ¡No tú, mi cómplice de esta noche! —Cerró los ojos, sintiéndose mareado—. No es tu culpa, es de ella… Ella me ha embrujado como a un idiota y ahora… —apuró el trago que quedaba en la copa—, ahora estoy loco por sus labios…
La puerta se abrió; supo de quién se trataba al instante gracias al aroma a