LAYLABajé del auto y el aire caliente de Dubái me recibió como una vieja costumbre.—Bienvenida a casa, señorita Layla. —Hassan me esperaba al pie de la escalera, con esa sonrisa suya de siempre y el brazo ya sin el cabestrillo—. La casa no era la misma sin usted. ¿Encontró lo que fue a buscar?—Eso creo, Hassan. —Le devolví la sonrisa—. Eso creo.No sé si era verdad. Pero era lo que se debía contestar.Un mes y medio en un santuario en las montañas, sin teléfono, sin ruido, sin nadie. Un mes y medio de silencio, de rezos, de caminatas largas al amanecer, todo con un solo propósito: borrar un error. Un error grave. El más grave de mi vida.Besé al chofer.A Karim. El sobrino de Hassan. Un hombre bueno, sí, leal, sí, pero un chofer. Y yo soy quien soy. Una Al Rashid. Una mujer de costumbres, criada en la tradición, educada para saber exactamente cuál es mi lugar y no salirme de él ni un centímetro. Toda mi vida seguí las reglas. Todas. Y en un momento de debilidad, una noche, me salté
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