MARIANALe acaricié la frente a Zayed con la punta de los dedos, despacio, para no despertarlo.Dormía por fin, después de una noche mala. Tenía el ojo todavía morado, medio cerrado, y una venda gruesa cruzándole el pecho por la costilla rota. Cada vez que respiraba hondo, hacía un gesto de dolor hasta dormido.Y yo no podía dejar de mirarlo y de pensar en lo mismo, una y otra vez, sin poder creerlo.Su padre hizo esto.Mansour Al Rashid mandó a golpear a su propio hijo. No a un socio, no a un enemigo. A su hijo. A la sangre de su sangre. Lo entregó, en un papel doblado, a manos de Omar Hamza, para que le rompieran los huesos. ¿Qué clase de hombre hace eso? ¿Qué le pasó a un ser humano por dentro para que sea capaz de eso?No lo entendía. No quería entenderlo. Solo sabía que ese viejo del bastón era mucho más peligroso de lo que yo había alcanzado a imaginar.Le besé la frente a Zayed y salí de la habitación con cuidado, para dejarlo descansar.Encontré a Nassar y a Farida en la sala
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