MARIANA
—No te vayas todavía. —Le acomodé el cuello de la camisa a Zayed en la puerta—. Un minuto más.
—Tengo que ir, Mariana. —Me tomó las manos—. Hay un hombre que quizá quiera escucharme. Un antiguo contacto, de los pocos que mi padre no controla. Si consigo una sola puerta abierta, empiezo a levantar algo.
—Ve. —Le apreté las manos—. Pero acuérdate de una cosa antes de salir: esto lo peleamos los dos. No vas tú solo a buscar puertas mientras yo espero aquí sentada. Yo también pienso, tambié