OMAR
Desperté en el suelo de mi propia casa, con la cara pegada al mármol frío y un dolor en la nuca que me partía el cráneo en dos.
Tardé un momento en entender dónde estaba. La mesa puesta a medias. Una silla volcada. Cristales de una botella de vino rota, esparcidos alrededor de mi cabeza como una corona de burla. Y esa palpitación horrible detrás de la oreja, donde algo me había golpeado con la fuerza suficiente para tirarme como a un saco.
Me llevé la mano ahí. Sangre seca. Un chichón del