LAYLA
Bajé del auto y el aire caliente de Dubái me recibió como una vieja costumbre.
—Bienvenida a casa, señorita Layla. —Hassan me esperaba al pie de la escalera, con esa sonrisa suya de siempre y el brazo ya sin el cabestrillo—. La casa no era la misma sin usted. ¿Encontró lo que fue a buscar?
—Eso creo, Hassan. —Le devolví la sonrisa—. Eso creo.
No sé si era verdad. Pero era lo que se debía contestar.
Un mes y medio en un santuario en las montañas, sin teléfono, sin ruido, sin nadie. Un mes