—¿No le parece extrañamente familiar la esposa de la fotografía, señora Estela? —preguntó Teresa, arrastrando las palabras con una cadencia ponzoñosa, mientras sostenía el teléfono a escasos centímetros del rostro de la anciana. Su sonrisa, una línea tensa y artificial, delataba el placer absoluto que le provocaba ejecutar aquella ejecución pública.Estela parpadeó, ajustándose los anteojos con dedos temblorosos. Sus ojos recorrieron la pantalla del celular, leyendo el titular escandaloso, y luego, con una lentitud que a Leila le pareció una eternidad agónica, levantó la mirada. Miró el teléfono. Miró a Leila. Volvió a mirar el teléfono.—Esa es… —murmuró Estela, y su voz, usualmente cálida y maternal, se apagó, dejando una nota suspendida en el aire que congeló el pulso de la habitación.«Ay, Dios mío… ¿Acaso Bee puede revocar el traspaso de propiedad en este mismo instante? ¿Se puede anular un contrato legal si se demuestra que una de las partes ocultó su pasado judicial?», pensó
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