—¿No le parece extrañamente familiar la esposa de la fotografía, señora Estela? —preguntó Teresa, arrastrando las palabras con una cadencia ponzoñosa, mientras sostenía el teléfono a escasos centímetros del rostro de la anciana.
Su sonrisa, una línea tensa y artificial, delataba el placer absoluto que le provocaba ejecutar aquella ejecución pública.
Estela parpadeó, ajustándose los anteojos con dedos temblorosos.
Sus ojos recorrieron la pantalla del celular, leyendo el titular escandaloso, y