Teresa se puso pálida de la rabia, apretando la correa de su bolso de marca con tanta fuerza que las costuras crujieron.
—Está cometiendo un error garrafal, anciana. Varios, de hecho. Ya se dará cuenta de la clase de alacrán que está metiendo en su casa —exclamó Teresa, con la voz temblando por la humillación pública.
Sin embargo, Estela ya no le prestó la menor atención, dándole la espalda para acomodar unas bandejas de metal.
Girando violentamente sobre sus altos tacones de aguja, Teresa cam