El espacio dentro del auto parecía haberse encogido drásticamente, atrapándolos en una burbuja de calor sofocante. Leila sentía que estaba a punto de darle un infarto con tantas emociones encontradas en tan poco tiempo. Su vida se había convertido en una montaña rusa desquiciada desde que cruzó las puertas de la prisión, pero los últimos minutos dentro de ese vehículo, bajo la mirada gris y depredadora de Chris, estaban llevando su resistencia al límite absoluto. El pulso le retumbaba en los oídos, sordo y constante.Intentó tragarse el nudo de excitación que se le formaba en la garganta y, buscando mantener un hilo de cordura, fijó sus ojos en el antebrazo de él, que seguía apoyado perezosamente sobre el volante.—No creo que yo pueda diferenciar ambas cosas con tanta facilidad, Chris —admitió ella con la voz un tanto quebrada, desnudando una parte de su confusión—. Para mí, el interés y los sentimientos no son dos líneas tan fáciles de separar.Chris soltó una risa baja, un sonid
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