—Benji, Derek, ¿qué están haciendo aquí? —preguntó Leila cuando reconoció a los sospechos clientes.
—No tenemos la más mínima idea de quién estás hablando, señorita Davis —declaró Derek, manteniendo una rigidez impecable y un tono de voz tan plano que resultaba casi cómico.
Lo dijo con una seriedad pasmosa, como si el hecho de que ambos midieran casi dos metros, vistieran chaquetas oscuras idénticas y tuvieran la misma postura de bloque de cemento no fuera más que una sutil coincidencia.
Leila