(POV de Teresa)
El segundero del reloj de pared de la sala de estar resonaba como una tortura china en medio del silencio sepulcral de la noche.
Sostenía la copa de cristal entre los dedos con tanta fuerza que el tallo amenazaba con quebrarse, mientras la fina capa de vino tinto temblaba al compás de mi propia furia.
Hacía apenas unas horas que me había dado cuenta de la amarga realidad.
Los hombres a los que les había pagado una fortuna en efectivo no habían hecho absolutamente nada.
Ninguno