El regreso a la mansión de Long Island fue un trayecto directo al infierno. El silencio dentro de la camioneta blindada era tan denso que resultaba asfixiante, interrumpido únicamente por la respiración agitada y errática de Damián. Tenía los dedos enredados con violencia en el cabello de Anastasia, obligándola a mantener la cabeza baja, sometida contra sus muslos. Cada bache de la carretera se sentía como un golpe directo en las costillas ya lastimadas de la joven.Cuando los neumáticos chirriaron sobre la grava de la entrada, Damián no esperó a que los guardias abrieran la portezuela. Arrastró a Anastasia hacia afuera por el cuero cabelludo. Ella soltó un alarido de puro dolor físico, intentando en vano sujetar las manos de su captor para amortiguar el tirón.—¡Camina, maldita sea, camina! —rugió Damián, subiendo los escalones del porche a zancadas.—¡Déjame, Damián! ¡Te lo juro, no estaba haciendo nada! ¡Suéltame! —lloraba ella, con la voz rota, sus zapatos planos arrastrándose sin
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