El perfume de las rosas blancas de Carter se había adueñado del aire del almacén, asfixiando el olor a madera vieja y salitre. Miré las lamas de la ventana. La silueta de su balcón seguía iluminada al otro lado de la calle San Justo, como un faro que me recordaba que mi libertad era solo una ilusión óptica.—No voy a permitir que ese infeliz nos vigile como si fuéramos prisioneros en nuestro propio negocio, Mila —la voz de mi padre, Víctor, rompió el silencio desde el umbral de la escalera. Tenía las manos metidas en los bolsillos del delantal ensangrentado de harina, con el rostro endurecido por la impotencia—. Si tú no haces nada, cruzo yo mismo y le parto ese maldito vaso de cristal en la cara.—No, papá —respondí, dándome la vuelta con una frialdad que me brotó desde las entrañas—. Si vas tú, sus gorilas de sastre te van a triturar antes de que pises el vestíbulo. Esto es entre el Director Ejecutivo y su Directora Financiera. Yo abrí este balance, y yo lo voy a cerrar.—¿Qué vas
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