El silencio que Juliet Vance dejó tras de sí al cruzar el umbral de la panadería se transformó en una densidad asfixiante, un vacío contable donde el eco de las palabras de Carter seguía rebotando contra las paredes de la trastienda. Sostuve el sobre marfil entre mis dedos, sintiendo cómo el papel texturizado absorbía la humedad de la harina y el sudor frío de mis manos.—Mila, por Dios, ¿qué pasa? ¿Qué quiere ese hombre? —la voz de mi padre, Víctor, me obligó a levantar la mirada. Sus ojos oscuros reflejaban una alarma genuina, una urgencia que no veía en él desde las viejas épocas de Manhattan.—Necesito revisar la maleta, papá. Necesito ver los números —respondí de manera autómata, ignorando el temblor de mis propias piernas.Subí los escalones de madera de tres en tres, cargando el pesado equipaje de cuero negro de Sterling como si fuera un fardo de evidencias criminales. Víctor me siguió en silencio, con el rostro endurecido por la sospecha. Al entrar al almacén reformado, pasé
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