El tintineo del carrusel de plata se extinguió en la penumbra del almacén, pero el zumbido de la luz LED azul parpadeando en mi mano seguía sintiéndose como una descarga eléctrica.
No habían pasado ni diez minutos desde que colgué el teléfono con Carter cuando escuché unos pasos pesados y descompasados subir las escaleras de madera.
La puerta se abrió de golpe.
Mi padre, Víctor, entró con la respiración agitada, los ojos inyectados en sangre y un hacha de cortar leña —la que usaba para picar