El frío del aire acondicionado de la casona chocó violentamente contra la seda húmeda de mi blusa, pero el verdadero escalofrío me lo provocó la fuerza con la que Carter me arrastró escaleras arriba. Sus dedos largos eran una mordaza de sastre en mi muñeca, una línea de control irrevocable que no cedió hasta que me empujó hacia el centro del gran salón del primer piso.
El espacio estaba sumido en una penumbra elegante, apenas quebrada por la luz de la luna que se filtraba a través de los venta