Subí las escaleras del almacén reformado a tropezones, sintiendo que los tacones se me clavaban en la madera vieja con el peso de una derrota contable.
El sabor a tabaco premium y peligro latente de Carter seguía quemándome los labios, un rastro físico que ni el aire de la noche caribeña lograba borrar. Me pasé el dorso de la mano con fuerza por la boca, intentando arrancar la sensación de su tacto, pero el calor de mi propia bofetada todavía me vibraba en los dedos.
—¡Mila! ¿Qué pasó allá afu