El amanecer en el Viejo San Juan no trajo la luz limpia de Manhattan, sino una claridad dorada y pesada que se filtró sin piedad por el marco destrozado del ventanal.
Me desperté con el cuerpo envuelto en las sábanas de lino blanco de la casona colonial, sintiendo el crujido lejano de las olas contra la costa y el calor sofocante del Caribe que ya empezaba a ganarle la batalla al aire acondicionado.
Me incorporé despacio, apartando el cabello castaño de mi rostro. La seda de mi blusa estaba ar