El perfume de las rosas blancas de Carter se había adueñado del aire del almacén, asfixiando el olor a madera vieja y salitre.
Miré las lamas de la ventana. La silueta de su balcón seguía iluminada al otro lado de la calle San Justo, como un faro que me recordaba que mi libertad era solo una ilusión óptica.
—No voy a permitir que ese infeliz nos vigile como si fuéramos prisioneros en nuestro propio negocio, Mila —la voz de mi padre, Víctor, rompió el silencio desde el umbral de la escalera. Te