El murmullo de la tormenta de nieve contra los inmensos ventanales se transformó en un zumbido blanco, sordo, que terminó por aislar el penthouse del resto del mundo. Por primera vez en meses, el silencio que se instaló en el apartamento no se sentía como la tregua tensa de un tablero de ajedrez, sino como una pausa real. La calidez de la madera clara y el aroma a vainilla que Carter había traído del pasado parecieron ablandar, por fin, las armaduras que nos habían estado asfixiando.Dejamos los abrigos y los trajes de lino tirados en el vestíbulo, como si con ellos estuviéramos despojándonos de los títulos, los rangos y los resentimientos que casi nos destruyen en el Caribe. Carter caminó hacia el gran sofá junto a la chimenea y se sentó, estirando sus piernas largas. Juliet Vance se había marchado en silencio hacia la planta baja de la torre, dejándonos completamente solos.Analía, ajena al frío de Nueva York y a las guerras de sus padres, parpadeaba con pereza desde su manta de lin
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