El calor de los hornos industriales se sentía como un abrazo pesado, casi sofocante, en medio de la trastienda. La madera vieja de la mesa de trabajo crujía bajo el peso de mis codos mientras observaba a mi padre sostener la caja blanca.
Sus dedos, gruesos y ásperos por el trabajo rudo, acariciaban el cartón texturizado con una devoción que me oprimió el pecho.
Hacía años que no lo veía llorar.
Verlo derramar lágrimas silenciosas sobre el último vestigio de la mujer que alguna vez gobernó su