La calidez de su cuerpo contra el mío en la penumbra de la madrugada de Londres se sintió como una mentira hermosa, estructurada a la perfección para adormecer mis últimas líneas de defensa.
Carter permanecía recostado en el centro de la cama del apartamento de Notting Hill, con un brazo largo y musculoso extendido de manera protectora sobre mi cintura, aprisionándome contra su anatomía de sastre húmeda por la tormenta. Analía dormía entre nosotros, con su respiración pausada rozando mi hombro