El eco de mis tacones contra el suelo de mármol del vestíbulo del ático fue el primer anuncio de mi victoria. Traía el acta de conformidad del Banco Central, firmada y sellada por Arthur Pendelton, guardada en mi carpeta de cuero negro como un trofeo de guerra contable. Había puesto de rodillas a la junta reguladora de Wall Street yo sola, sin una sola fisura en mis ecuaciones y sin la sombra protectora de mi jefe.Carter me esperaba de pie en medio del salón principal redecorado. Se había quitado la corbata y la chaqueta de su traje gris marengo; llevaba los dos primeros botones de la camisa blanca desabrochados y las mangas perfectamente arremangadas, revelando la musculatura tensa de sus antebrazos. En cuanto me vio cruzar el umbral, sus ojos del azul del hielo ártico destellaron con una marea de orgullo territorial, alivio y una pasión tan oscura y densa que me detuvo los pulmones por completo.Caminó hacia mí con pasos lentos, calculados y sumamente dominantes, anulando la dista
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