Capítulo 40

El terminal digital de alta seguridad de mi mesa de roble negro en el piso cuarenta parpadeó con una alerta en letras rojas gigantescas que me devolvió el golpe del pánico definitivo.

El reloj de la Bolsa de Nueva York marcaba las cinco de la tarde del 15 de diciembre. El plazo legal dictado por los albaceas para el cierre del año fiscal acababa de expirar.

Arthur Pendelton ingresó a mi suite ejecutiva con una carpeta de cuero de lino blanco entre las manos. Su rostro de cabello blanco refleja
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