El zumbido del ascensor privado al abrirse en el piso cuarenta sonó como el inicio de una ejecución corporativa.
Caminé hacia mi oficina con las manos firmes, pero apretadas contra mi vientre por encima de la tela de mi traje sastre gris oscuro.
Las náuseas matutinas me quemaban la garganta y la imagen de Carter Sterling en la acera de la Quinta Avenida, bajando de la limusina con el brazo entrelazado al de esa supermodelo de las agencias de París, se repetía de manera destructiva detrás de m