El invierno de Londres no tenía la grandiosidad geométrica de los rascacielos de Manhattan, pero poseía una frialdad húmeda que se colaba directo en los huesos.
Llevaba siete meses oculta en un pequeño apartamento de Notting Hill, un refugio de ladrillo visto donde las matemáticas de Wall Street se habían reducido a calcular el costo de los pañales y la leche en libras esterlinas. Había borrado mi rastro digital con la precisión de un cirujano informático, pero no había ninguna ecuación capaz