El panel de cristal transparente de mi suite ejecutiva ya no me devolvía el reflejo de un imperio.
Me devolvía el rostro de un fantasma atrapado en su propia bóveda de roble negro.
Habían pasado seis meses desde que el vuelo de urgencia de la aerolínea francesa borrara el pasaporte de Mila de los terminales de Nueva York. Seis meses en los que el piso cuarenta de Sterling Fashion Group se había transformado en un mausoleo de mármol y telas caras donde el aire se sentía tan helado y asfixiante