Los días siguientes a la fiebre de Liam fueron extraños en el apartamento de Brickell. Vanessa notó el cambio desde la primera mañana, cuando su hijo se levantó sin hacer ruido, preparó su propio desayuno y se encerró en su habitación sin decir una palabra. No había reproche en sus ojos, ni rabia, ni indiferencia. Solo una distancia fría, medida, que dolía más que cualquier grito.Liam no la evitaba abiertamente. Respondía a sus preguntas con monosílabos, comía en silencio, hacía los deberes sin que ella se lo recordara. Pero algo se había roto entre ellos. La confianza que habían construido durante cinco años, esa complicidad que los había mantenido unidos en Barcelona, se había agrietado. Y Vanessa sabía que la responsable era ella.La noche que Liam la llamó enfermo, ella lo ignoró. Pensó que era otra mentira, otro sabotaje para alejarla de Ignacio. Y mientras ella estaba en la azotea, sintiendo el viento en el rostro y el peso de sus propias dudas, su hijo estaba solo, con fiebre,
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