El avión privado despegó de Miami con un rugido sordo que vibró en el pecho de Vanessa. Miró por la ventanilla mientras la ciudad se empequeñecía bajo ellos, los rascacielos convertidos en agujas de cristal, el mar azul extendiéndose hasta el horizonte. A su lado, Ignacio revisaba unos papeles con la frente fruncida, pero no podía engañarla. Sus dedos tamborileaban sobre la carpeta con una ansiedad que no era profesional.
Vanessa cerró los ojos. La imagen de la carta de los servicios sociales a