Ignacio dormía profundamente, con el rostro relajado, libre de las arrugas de preocupación que solían marcarlo cuando estaba despierto. Parecía más joven, más liviano, como si durante esas horas hubiera dejado atrás el peso de sus responsabilidades, las sombras de Laura, la amenaza de Marcos, la presión de su abuelo. Vanessa lo observó en silencio, sintiendo una ternura que no había experimentado con nadie más. No era solo deseo. Era la certeza de que, a pesar de todo el caos que los rodeaba, él era su refugio. El lugar donde podía bajar la guardia sin miedo a ser herida.Se movió ligeramente para salir de la cama, y en ese instante los brazos de él se tensaron, atrayéndola de nuevo hacia él con una fuerza suave pero firme.—¿Ya te vas? —murmuró Ignacio, con la voz ronca y soñolienta, los ojos aún cerrados—. Quédate un poco más. No quiero que este momento termine.Vanessa sonrió y se giró para mirarlo. Sus ojos estaban medio abiertos, pero en ellos brillaba una chispa de complicidad q
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