El sol de la mañana apenas asomaba sobre el mar cuando el coche de Ignacio se detuvo frente al pequeño hotel costero. El edificio era modesto, de paredes encaladas y tejas rojas, con un cartel descolorido que anunciaba «Posada del Caribe». Las palmeras se mecían con el viento salado, y el olor a pescado y humedad lo impregnaba todo.
Vanessa miró el lugar con una mezcla de asco y determinación. Laura se escondía allí, en un rincón olvidado del mundo, creyéndose a salvo. Pero no lo estaba. No mie