La tarde caía sobre Miami cuando Vanessa salió de su despacho. Llevaba horas encerrada, revisando informes, respondiendo correos, fingiendo normalidad. Pero el artículo seguía ahí, en su cabeza, como una astilla clavada que se movía cada vez que respiraba. Cada vez que alguien la miraba en el pasillo, se preguntaba si habría leído las mentiras. Cada vez que el teléfono sonaba, temía que fuera un periodista acosándola con preguntas que no merecían respuesta. La fatiga le pesaba en los hombros, y por un instante, sentado en el borde de su silla, deseó no haber vuelto nunca a Miami.En la puerta del edificio, un coche la esperaba. No era suyo. Era negro, brillante, con los vidrios polarizados que ocultaban el interior como un secreto a punto de revelarse. Reconoció la matrícula antes de que bajara la ventanilla. El corazón le dio un vuelco. No era miedo. Era otra cosa. Algo que no quería nombrar.—Sube —dijo Ignacio, con una voz grave, ronca, como si llevara horas sin hablar.Vanessa dud
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