El avión surcaba las nubes mientras la ciudad quedaba atrás, diminuta bajo nosotros. El viaje a Sudamérica había comenzado, y con él, la sensación de que estábamos cruzando un umbral del que no había retorno.Víctor estaba sentado frente a mí, con el rostro tenso y los ojos fijos en el paisaje que se desplegaba más allá de la ventanilla. Llevábamos horas sin hablar, pero yo sabía que algo lo atormentaba.—Háblame —dije, rompiendo el silencio—. Lo que sea que estés pensando, quiero saberlo.Víctor me miró, y en sus ojos vi una mezcla de gratitud y dolor.—He pasado toda mi vida buscando a mi madre —dijo, con la voz ronca—. Y ahora que la he encontrado, ya no está, no sé cómo lidiar con todo esto. Siento que llegue seis años tarde.—No tienes que lidiar con esto solo, Víctor. Es mejor llegar tarde que nunca. —Tomé su mano—. Somos hermanos. Y los hermanos enfrentan las tormentas juntos.—Lo sé. —Sonrió con tristeza—. Pero hay algo que tengo que decirte. Algo que es importante que lo sepa
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