El avión surcaba las nubes mientras la ciudad quedaba atrás, diminuta bajo nosotros. El viaje a Sudamérica había comenzado, y con él, la sensación de que estábamos cruzando un umbral del que no había retorno.
Víctor estaba sentado frente a mí, con el rostro tenso y los ojos fijos en el paisaje que se desplegaba más allá de la ventanilla. Llevábamos horas sin hablar, pero yo sabía que algo lo atormentaba.
—Háblame —dije, rompiendo el silencio—. Lo que sea que estés pensando, quiero saberlo.
Víct