Zoe se había quedado profundamente dormida en el amplio sofá de la biblioteca de la mansión, sosteniendo un pesado libro de pediatría clínica que aún descansaba abierto sobre su regazo. La tenue luz dorada de la lámpara de pie perfilaba las delicadas facciones de su rostro sereno, y por un breve instante, el tiempo pareció doblarse de forma violenta sobre sí mismo en mitad del silencio. Al verla de ese modo, tan vulnerable, desarmada y dolorosamente mía, mi mente me arrastró sin piedad cinco años atrás en el pasado, directo a esa calurosa noche en mi antiguo dormitorio de la universidad, justo después de haber entregado los exámenes finales del semestre. Fue precisamente esa la noche en que la infame apuesta con los muchachos se transformó en mi condena perpetua, porque descubrí, entre sábanas desgastadas, que Zoe Harrington no era un trofeo para exhibir, sino un incendio absoluto en el que yo quería arder para el resto de mis días.—Estás temblando de forma notoria, Zoe —le dije aque
Leer más