Había realizado a lo largo de mi carrera cientos de cirugías complejas de alta exigencia. Había tenido corazones humanos latiendo de forma literal entre mis propias manos dentro del quirófano y nunca, ni una sola vez, me había temblado el pulso ante el peligro. Pero hoy, mientras sostenía con fuerza la mano de Zoe en la penumbra de la sala de ecografía obstétrica, sentía que mis rodillas se habían transformado por completo en una débil gelatina.
—Ian, si sigues apretando con tanta fuerza, vas a