Me quedé pesadamente apoyado contra la fría pared de mármol del pasillo, sintiendo el latido rítmico y doloroso de la sangre en la mandíbula, justo en el lugar exacto donde el puño cerrado de Noah me había golpeado con rabia. El hospital a mi alrededor seguía su curso natural, con el habitual ir y venir de camillas y el sonido de los monitores, pero para mí, el tiempo se había detenido por completo dentro de ese consultorio de pediatría. Marcos salió finalmente del cubículo, quitándose el estetoscopio del cuello con un profundo suspiro de cansancio profesional. Me miró fijamente a los ojos, mostrando en sus facciones una densa mezcla de lástima y reproche que me revolvió el estómago.—El pequeño Leo se quedará esta noche en el área de observación pediátrica, Ian. No te preocupes más de la cuenta —dijo Marcos, guardando ambas manos en los bolsillos de su bata médica—. Tiene un excelente seguro médico internacional y, por lo que acabo de comprobar en persona, un tío bastante aterrador q
Leer más